sábado, 31 de agosto de 2013

Mujer + Literatura erótica



Parece que libros, como la actualmente popular trilogía de las Cincuenta sombras de Grey de E.L.James, ha puesto de moda el sexo BDSM y son muchas personas las que se acercan con curiosidad a estas prácticas o al menos a las más "vainillas". Desde el más profundo respeto y el poco conocimiento que puedo tener del tema, sumado a lo que llevo leído de la trilogía, me parece que es una visión un poco idealista y  romántica de lo que sería una relación de esta corriente. No es ni por asomo el mejor libro que ha pasado por mis manos, y quitando algunos pasajes que me llegan a aburrir, y que además es innegable que se creó originalmente como una fanfiction de la saga "Crepúsculo", en general debo decir que la trama me entretiene. Pero lo que más me gusta es que por fin se hable de la literatura llamada "erótica" con naturalidad y sirva de inspiración. 

Hay bastante detractores de este género que creen que esta saga está sobrevalorada y abundan comentarios despectivos circulando por ahí, refiriéndose a él como "porno para mamá" o cosas por el estilo. La realidad es que se ha convertido en uno de los mayores fenómenos de ventas de la actualidad, y guste o no ha abierto el camino a otras muchas otras novelas de esta índole. Debo decir que sin duda ha ayudado la proliferación de los libros electrónicos, mas discretos y que evitan miradas desdeñosas de las que yo misma he sido objeto alguna vez.  Lo que llama positivamente mi atención es que seamos cada vez más mujeres las que hablemos de sexo, sin que tengamos que sentir vergüenza o tener que aguantar escandalizados comentarios de un sector contagiado de un puritanismo hipócrita. Me parece realmente liberador.  

Literatura erótica ha habido desde la antigüedad y siempre la habrá, con más o menos censura. Leí, no recuerdo dónde, unas declaraciones de Erika Lust, pionera de la llamada pornografía feminista, en la que daba su opinión de porqué la mayoría de escritores de estos libros eran mujeres. Ella decía que era "porque cuando los hombres escriben un libro de alto contenido erótico, se llama, simplemente literatura", una frase que se me quedó clavada.

Como mujer y lectora me identifico mucho más con la visión y percepción de autoras que comparte la misma psique femenina que yo, y huye de lo que hasta ahora venía estipulado desde un género eminentemente masculino. Cuando en alguna ocasión algún hombre nos pregunta porque no nos gusta en general el porno a las mujeres, le contesto que personalmente, me cuesta identificarme con los estereotipos que no tienen nada que ver conmigo, para ello necesitaría personajes que me emocionen y una buena historia que no sólo me evoquen placer físico, sino también emocional. Eso, de momento no abunda, pero en cambio en la literatura encuentras multitud de títulos que sí logran esta conexión con el lector y traspasa los límites de tus fantasías, no porque las que las quieras hacer realidad sino por el simple y puro placer de dejarte arrastrar un lugar de tu mente donde todo es posible.

 Y si no, como dice mi madre "Para gustos... los colores" 




viernes, 30 de agosto de 2013

Relato suelto 2

Por fin Viernes. Como comenté anteriormente, comencé un relato corto pero se fue haciendo cada vez más y más largo. La idea original se complicó y casi se está convirtiendo en una novela. Así que de momento no la publicaré. Pero el otro día escribí una divertida historia sobre un reencuentro que me gustaría compartir. No suelo creer en las casualidades, pero a veces las cosas ocurren porque tiene que ser así. Aquí os la dejo.


DIVINA PROVIDENCIA




El día ha empezado mal y ha ido a peor. Esta mañana el despertador no ha sonado y he tenido que saltar de la cama a la ducha en un satiamén. En medio de mi precipitada ducha se ha acabado el agua caliente, cosa que en cierta manera me ha ayudado a despertarme de inmediato. Voy a subir al ascensor y está estropeado. Me toca bajar cinco pisos y con las prisas y los tacones casi me estampo contra el suelo. 

Salgo a la calle y compruebo que el cielo está bastante gris, a juego con mi mañana. Voy hasta mi coche y el muy puñetero no arranca. No me lo puedo creer. Me tomo unos segundos, respiro hondo y salgo pitando para la parada de autobús. Llegando yo, el bus que se iba. Gracias a Dios me ve el conductor y espera a que suba ¡Por fin algo de suerte!

 Llego al trabajo tarde, mi jefa está de mal humor y me dice que me tendré que quedar hasta acabar mis tareas de hoy y recuperar el tiempo perdido. Un montón de trabajo se amontona en mi escritorio. No me despego de mi puesto ni para ir al baño. Un corte eléctrico nos deja sin ordenadores durante unas horas a causa de la tormenta, retrasándome aun más. Al menos he podido aprovechar este paréntesis para comer algo. No puedo salir a mi hora y termino mi jornada mucho más tarde de lo previsto. Cuando voy a salir del edificio las puertas están cerradas. Maldita suerte la mía. Tengo que buscar al guardia de seguridad para que me abra. 

Esto es demasiado, ya es completamente de noche y la lluvia no cesa. Al menos no me he dejado el paraguas en casa. Ando con prisas y cuando giro la esquina un racha de viento vuelve mi paraguas del revés y lo deja inutilizado. Veo venir un taxi y lo intento parar. El auto pasa sin detenerse levantando una gran ola con los charcos de la calzada y me deja empapada. Entonces veo el autobús en la parada y salgo corriendo. Un tacón se me parte y caigo de bruces al suelo. Noto que los ojos de los pasajeros se clavan en mí mientras el bus avanza. Sus miradas lastimeras me hacen llorar. Me alegro de que esté lloviendo para que no se noten las lágrimas. En realidad me da igual, sólo sería una más entre los locos de la ciudad. Sigo sentada en el suelo con el tacón en la mano mientras la copiosa lluvia se hace más intensa y se ceba conmigo. Mirando al cielo grito desesperada ¿Qué le pasa hoy al cosmos conmigo? Un resplandor cegador seguido de un escandaloso trueno es mi respuesta. Definitivamente hay días en los que una no debería levantarse de la cama. 

Un mano se extiende ante mí. Miró hacía arriba y veo unos ojos negros que me resultan familiares. No puedo creer que seas tú. Han pasado muchos meses. Me sonríes y me ayudas a incorporarme. Me retuerzo de dolor al posar mi pié en el suelo, seguramente me lo he torcido en la caída. Sin mediar palabra tu me tomas en brazos como solías hacer y comienzas a caminar bajo la lluvia. No puedo dejar de mirarte, creo que me he golpeado la cabeza al caer y estoy delirando. Tu me devuelves la mirada y vuelves a sonreír. Estoy tan sorprendida de verte aquí que aún no he reaccionado.

Atravesamos la calle y nos detenemos en un portal abierto para resguardarnos de la lluvia. Me acomodas en unos escalones y examinas mi tobillo que está un poco hinchado. Me estremezco al volver a notar tus manos en mi piel. Aún no hemos dicho ni una palabra, pero eso nunca nos hizo falta. Ni siquiera recuerdo porqué lo dejamos. Todo está borroso ahora mismo en mi mente. 

Levantas tu mirada para decirme algo y clavo mis ojos en esa noche oscura de los tuyos. Siempre me he perdido en ellos. Tu pelo mojado sobre tu frente hace que pequeñas gotas de agua resbalen por tu cara y rocen tu boca ¡Oh Dios mio! ¿Por qué me estás tentando? Quiero ser esa gota y evaporarme en el calor de tus labios. Cada poro de mi piel lleva tu nombre y no puedo evitarlo. Me lanzo al vacío sin red y me precipito a tu boca. Con una sola caricia de tus carnosos labios mi cuerpo reacciona y te pide a gritos. Ahora vuelvo a sentir tu gusto, tomo nota de cada matiz de sabores que disfruta mi paladar. Tus manos que estaban en mi tobillo abandonan momentáneamente mi piel mientas te sientas a mi lado sin despegar nuestros labios en la maniobra. Noto como el calor de tus caricias atraviesan mi vestido mojado. Me resulta tan familiar que mi cuerpo tiembla recordando lo que viene después. Un botón menos por aquí, otro por allá, y tus manos ya están recorriendo el camino por el que hace tanto paseaban libremente. Tus pulgares van buscando algo que yo sé. La inercia hace que mis movimientos te faciliten el libre acceso a mis pezones. El sujetador sobra, así que vas a mi espalda y con tus largos dedos lo desabrochas con maestría. Tus besos se desplazan a mi cuello y las cosquillas que me producen me hacen vibrar. Siento como tus manos recorren ahora mis piernas y sujetan mis caderas. Acaricias la parte de mí que manda ahora mismo en todo mi ser. Mis manos vuelan de tus fornidos hombros y ahora recorren tu recio pecho jugando con el vello y van trazando una línea hasta tu abdomen. Te separas un momento de mí y me miras con deseo. Sacas un preservativo del bolsillo de tu pantalón y lo sujetas con los labios mientras me ayudas a quitarte la correa y desabrochar tu bragueta. Rompes el plástico y lo desenroscas sobre tu erección. Nuestra ansía es palpable mientras bajas mis bragas y tomas mi pierna haciéndola pasar por encima de tus rodillas quedando sentada encima de tí. Jalas de mi pelo hacia abajo para que te deje libre mi cuello ante tus besos y mordiscos. Lentamente siento como entras en mí. Me llenas y vuelve otra vez el recuerdo de aquellas sensaciones. Me maravillo al pensar que nuestros cuerpos se reconocen y actúan por inercia. Me gusta que estemos sentados así, cara a cara, porque puedo seguir acariciando tu perfecto cuerpo mientras tu recorres mi cuello, mis hombros, mis pechos... !No aceleres,no! Todavía no !Por favor, no quiero que termine ya! Me lo merezco después del día que he tenido. Parece que escuchas mis pensamientos, es lo que me más me gusta de nosotros, nuestra sincronía. No hay palabras. Me deslizo lentamente notando como entras centímetro a centímetro. Repito la operación a la inversa y te torturo retrasando lo que deseas. Noto tu inquietud y no me hago de rogar. Comienzo a balancear mi caderas dejando que tu seas quien me marque el ritmo y cuando ya noto que no puedes más me uno a ti en una explosión maravillosa. Es un momento único y mágico en el que nuestros cuerpos actúan como uno solo, haciéndonos participes del placer del otro. Latidos y respiración se acompasan y formamos un solo ser de cuatro brazos, cuatro pies y dos cabezas. 

Ha escampado y salimos de la mano. Ya no cojeo, ahora mismo no me duele nada. Deberían probarlo como anestesia. Seguro que hay algún estudio de esto. Sonrío ante mis absurdos pensamientos y tu me miras intrigado intentando adivinarlos. No creo que aciertes, créeme. 

_ No te vas a creer el día que he tenido hoy. Estaba maldiciendo y preguntándome porqué y entonces tropecé contigo.

Lo miro y pienso: "Si supieras tú el mío"     

domingo, 25 de agosto de 2013

Pereza


Siempre termino el fin de semana mucho más cansada de cuando lo empecé y no sólo no hago lo que tenía planeado sino que termino con muchas más cosas pendientes.

Mañana, de vuelta a la rutina ¡Qué pereza!





sábado, 24 de agosto de 2013

Felices sueños


No sé si es para tus sueños húmedos o para humedecer tus sueños. Lo que tengo claro es que me gustaría tener una de estas camas en casa, sobretodo por el calor que estoy pasando por las noches últimamente. 


Ya es Sábado (se me va la semana volando). En los pocos ratitos que he tenido tiempo he comenzado a escribir un nuevo relato suelto que se me ha complicado y me está saliendo un poco más extenso de lo que iba a ser originalmente. Espero compartirlo aquí pronto. Mientras tanto, a aprovechar el fin de semana que cuando menos te lo espera ya esta aquí otra vez el Lunes. 

Un beso de buenas noches y a soñar



martes, 20 de agosto de 2013

Purple Rain







Escuchar esta canción me transporta a los 80, donde aún siendo una niña ya me emocionaba. Ahora sigo escuchándola con el mismo encanto y dejándome seducir por esa melodía sensual y misteriosa de esa voz que susurra en gritos de Prince (o como quiera que se haga llamar ahora, que ya me pierdo).

Puede que con los años una cargue de emociones aquellas canciones que pusieron banda sonora a algunos momentos especiales de nuestras vida.  Yo, que soy de gustos eclécticos, me dejo siempre llevar por el mágico y desgarrador sonido de las guitarras. Me seduce y me dejo arrastrar hasta una atmósfera cargada de sensualidad que me tienta a bailar con ella y entregarme. 

Hoy esta canción me habló de ti y me he puesto melancólica y por enésima vez vuelvo a dejar que la lluvia púrpura me envuelva.

video


martes, 13 de agosto de 2013

Relato suelto

Os dejo la primera mini historia, un relato suelto con el que espero disfrutéis de la lectura. Para los que, como yo, no entendamos ni papa de francés, al final del relato tenéis las traducciones. Mi desconocimiento de la lengua es total, así que si tenéis que hacerme alguna corrección o sugerencia, por favor, no os cortéis. Os lo agradeceré


"Ma chérie" 




Era verano. Leo venía con sus padres. Ya lo había visto antes, cuando fui a pasar las vacaciones a Valencia, a visitar unos amigos de mis tíos. Bueno, en realidad sólo lo había visto en las fotos que había por toda la casa de su abuela. Mis tíos y sus padres se conocieron en la etapa en la que trabajaron en Suiza, a finales de los 70s. Había pasado ya cinco años desde que los conocí, a ellos y a su abuela. Leo, a primera vista, no estaba mal, pero no era mi tipo. Era alto, bastante esbelto, con el pelo castaño ensortijado y sus ojos rasgados eran de un verde intenso. Creo que era de mi edad, no estoy segura. Quizá algo mayor.
            Me habían invitado a cenar con ellos. Mi prima también estaba. Aquellas vacaciones lo pasamos muy bien en Valencia. Recordarlo ha sido divertido. Leo reía con nuestras anécdotas y con nuestra manera de hablar. Él tiene un marcado acento francés. La cena terminó y pasamos a las copas. Risas y más bromas. Mis tíos y sus padres se despiden. Nos quedamos los tres terminando nuestra tercera ronda. Mi prima se tiene que marchar, trabaja por la mañana temprano y ya es demasiado tarde. Leo y yo comenzamos a pasear camino de su hotel. Hace mucho calor y no se mueve ni una rama
            —Quieres pasar a tomar la última al bar del hotel? —¡Qué demonios!, acepto. No sé si por la copa o por el aire acondicionado.
            Me entero de que habla cinco idiomas. Le digo que yo odio el idioma francés.
            —Es la lengua del amor me contesta.
            —Eso seguro que lo ha dicho un francés le replico.
            Reímos y me pregunta cual es el idioma que me resulta más sexy. No sé que contestarle.
            —Supongo uno en el que al menos entienda algo digo mientras me llevo la copa a los labios.
            Él vuelve a reír. Tiene una sonrisa muy bonita y pienso en algo que oí por ahí: "Puede durar un segundo pero su recuerdo, a veces, nunca se borra". Puede que su sonrisa sea una de esas. Se le marcan unos hoyuelos monísimos mientras ríe. No pares de sonreír, por favor. Hablamos de Ginebra y me pregunta que sé de Suiza.
            Apenas nada contesto yo y enumero lo poquito que sé de carrerilla—. Buenos quesos, esplendidos relojes, no tienen ejercito, pero sí sé de la guardia suiza que sirve en el Vaticano... ¡Ah¡ Y que es uno de los mejores lugares de Europa para abrirse una cuenta en alguno de sus bancos para evadir impuestos y blanquear capitales.
            Las carcajadas resuenan en el ya casi vacío local. La conversación se hace más interesante. Hablamos de las diferencias que encontramos y los choques culturales entre Suiza y España. Cree que aquí nos emparejamos muy pronto. Él piensa que hay que conocer mundo antes de comprometerse. Le digo que yo no quiero tener pareja.
            —Estoy bien como estoy, con mis amigos entrando y saliendo sin dar cuenta a nadie de mis actos.
            Se sorprende. Cree que estoy enferma por no querer tener novio. Discrepo. Entramos en terreno sexual. Leo piensa que los españoles nos iniciamos antes en el sexo en parte por cultura y en parte por el clima.
            —Eso es una chorrada le comento ¿Qué dirías si te digo que soy virgen? —su cara refleja desconfianza. No termina de creerlo. Insisto— Soy virgen.
            —¿Por qué? No puedo creerlo me pregunta, no lo entiende.
            —Yo tampoco le contesto. Sigo con mi confesión y le explico que no ha sido por falta de oportunidades. Siempre las hay—. La culpa es de todas esas novelas románticas que me gustan leer constantemente bromeo, yo quiero esa pasión, ese amor incontenible que nunca llega.
            Reímos. Pero en parte eso es verdad. Quiero encontrar al que tiene que ser.
            —Hace tiempo que me dí cuenta de que lo que verdaderamente me importa es lo que yo sienta. Si soy correspondida mejor, pero si no lo soy al menos disfrutaré de la experiencia con quien yo elija.
            Leo escucha interesado en lo que le cuento
            —¿No tienes necesidades? me pregunta mirándome aún receloso, duda de mi sinceridad.
            —Claro que las tengo, y tanto que si. Cuando me pica me rasco —no hace falta que se lo explique, él me ha entendido—. No te equivoques, no soy una mojigata ni una estrecha. La teoría la sé,  sólo me queda la práctica. Es sólo que me quiero demasiado y espero al adecuado —no dice nada, sólo continua interesado en mis palabras—. Lo único que quiero es que cuando eche la vista a atrás pueda decir sonriendo que disfruté mi primera vez como yo quise y con quien yo quise, y no con el que la vida me haga tropezar y que me deje un pésimo recuerdo. Espero al indicado, aunque parece que se está haciendo esperar.
            Leo deja su copa en la mesa y se me acerca al oído.
            —Ese puedo ser yo —susurra.
            Un escalofríos me recorre el cuerpo. No sé si son la copas o sus palabras pero siento que el calor me ahoga. Toma de un trago la bebida que le queda en la copa y se levanta. Me ofrece su mano.
            —"Il prend ma main" —la acepto y me incorporo.
            De la mano me lleva hasta el ascensor. Se abren las puertas. Entramos y no sé que estoy haciendo pero la excitación aumenta según vamos subiendo. Llegamos al quinto piso, en silencio. Salimos y nos encaminamos por el pasillo hasta la 521. Se echa la mano al bolsillo saca una de esas tarjeta-llave con la que abre la puerta. Ya estamos dentro de la habitación. Sigue sin soltarme la mano. Lleva la otra hacía mi mejilla y me acaricia. Levanta mi mentón y sus labios se posan en los míos delicadamente. Me sabe a alcohol pero me gusta. Es dulce. Sus labios van cercando los míos. Su lengua se aventura en mi boca y siento aún más ese dulce sabor. Me entrego por completo y el me muerde el labio inferior. Me vuelve a besar esta vez con la boca más abierta y su lengua profundiza en mi garganta. Libera mi mano y comienza a acariciar mi espalda.
            —¿Ha estado a la altura de tus expectativas? me pregunta.
            Tengo que recuperarme. Supongo que habla del beso. La nube en la que me encuentro subida hace que tan sólo acierte a asentir con al cabeza.
            —Veamos que tal va esa teoría me dice mientras en su cara se dibuja una sonrisa malévola y sugerente—. Desnúdate me ordena.
            Me comienzo a desabrochar el pantalón vaquero. Bajo la cremallera y los deslizo  hasta sacarlos por mis pies. Me dejo puesto mis tacones negros. Prosigo abriendo los botones de la fina camisa de gasa negra que llevo. Me quedo en ropa interior. Raso negro. Sin encajes ni puntillas. Se acerca a mí y me suelta el pelo. Mi melena cae sobre mi espalda produciéndome un cosquilleo agradable. Recorre con su vista todo mi cuerpo paseando en círculos alrededor mía.
            —Continúa me susurra él.
            Echo mis brazos atrás, a mi espalda y me desabrocho el sujetador. Dejo que los tirantes resbalen de mis hombros. Mis brazos sostienen el tejido para que no se caiga. Me mira fijamente y con un gesto me indica que prosiga. Dejo caer el sostén y mis senos se liberan. Mis pezones están firmes. La excitación que siento me delata. Ahora bajo con lentitud mis bragas. Él se sitúa tras de mí para contemplarme desde atrás. Le regalo una generosa vista de mi trasero agachándome exageradamente. Se acerca y me da unos fuertes cachetes. Estoy completamente desnuda con tan sólo mis tacones negros puestos. Se acerca a mi nuca y susurra:
            —"Je suis fou de toi".
            Siento como me derrito. Mi cabeza da vueltas. No sé si por las copas o por sentir su aliento sobre la piel de mi cuello. Comienza a besarme los hombros. Por mi espalda desciende una corriente eléctrica que llega a mi entrepierna. No aguanto más. Me giro y comienzo a arrancarle la camisa. Literalmente. Me llevo unos cuantos botones por delante. Leo me sonríe de una forma lasciva. 
            —"Tu me rends fou"
            No entiendo lo que me dice pero mis manos ya están sobre el bulto de sus pantalones. Termino de desnudarle y me abrazo a él. Quiero sentirle. Piel con piel, mi cuerpo comienza a temblar. Ardo en deseos, quiero que me haga suya. Su mano se adentra entre mis muslos y comienza a masajear mi clítoris. Nota mi humedad. Le beso apasionadamente. Mis labios se despegan. La parte sensible y romántica de mí toma el mando.
            —Me quiero dar a ti digo sin darme cuenta. Vuelve a sonreir.
            —"Je t'offre mon coeur".
            No me importa lo que dice. La forma de decirlo me es suficiente para comprender. Su mirada me abrasa. Me tumbo en la cama y me penetra sin vacilación. Una sensación de quemazón se apodera de mi sexo. El dolor cesa y pasa a ser un escozor placentero. Lo siento dentro de mí. Mis piernas se acoplan alrededor de su cintura. Mis uñas se clavan en su espalda. Comienza un baile de movimientos acompasados. Dentro. Fuera. Noto como cada centímetro de Leo se clava en mi interior.
            —"Je suis enflammé pour toi".
            Las embestidas se hacen más fuertes. Me duele. Leo continua. Me coloca al borde de la cama y eleva mis piernas. Las coloca una en cada hombro. Mis caderas casi están en el aire. Siento sus testículos golpearme sobre la piel. La penetración es profunda. La mezcla de dolor y placer me está volviendo loca. Quiero llorar, quiero gritar. Las sacudidas son violentas y mis pechos se mecen descontrolados. Mi respiración se entrecorta. Quiero que pare. No. No quiero que esto termine. Me agarro con fuerza a las sábanas. Se recuesta sobre mí y me da una tregua. Me besa el cuello. Muerde mi barbilla cuando echo hacia atrás la cabeza. Sigue dentro de mí. Mi sexo arde. Gimo de placer.
            —"Aimes-tu ça?"
            Comienza a deslizarse sobre mi cuerpo. Leo besa mis pechos, mi ombligo. Me muerdo los labios de gusto.
            —"J'aime tes lèvres quand ils se rougissent" —ahora es él quien me los muerde.          Se arrodilla, me descalza. Besa mis pies y apoya mis tobillos en sus hombros. Lame aquella parte de mi cuerpo que acaba de explorar. Lo hace como si lamiera mis heridas. Me dejo llevar y mi cuerpo se relaja de nuevo. Sus manos acarician mis muslos recorriéndolos suavemente. Vuelve la excitación y estoy apunto de llegar al clímax. Él se da cuenta y vuelve a entrar en mí. El escozor vuelve, pero entra mejor. Coge mis piernas y las carga con sus brazos a cada lado de sus caderas. Me balancea y hace círculos con su pelvis mientras me penetra. Caemos al suelo enredados.
            Estamos sentados. Uno contra otro. Me contoneo sobre él mientras lo rodeo con mis piernas.
            —"J'adore sentir ta peau" —rodea todo mi cuerpo con sus brazos fuertemente—. "Sentir la chaleur de ton corps".
            Sus palabras resuenan en mi mente. Le deseo. Mucho. Demasiado. Me libero de sus garras y me dedico a explorar su cuerpo con mis labios, con mi lengua, mis dientes. Intenta incorporarse pero no le dejo. Ahora me toca a mí.
            —"Ton esclave t'obéit, ma reine".
            Devoró su parte más sensible. Succiono, lamo, beso, fricciono.
            —"Tes caresses me tuent" —me separa de él.
            Rodamos por el suelo. Noto en mi espalda el frío suelo de tarima. Me toma de nuevo. Su envites son bruscos y desesperados. Siento que me va a partir en dos. Gotas de sudor resbalan por su frente y se estrellan en mi cara. Mis manos resbalan por su espalda y aprieto mis uñas contra su piel. Mis piernas aprietan su cuerpo y lo obligan a adentrarse más aún en mi ser. El dolor ya no me importa. Me siento llena. Disfruto con su brutalidad. Los gemidos son cada vez más fuertes. La respiración es agitada. Siento que voy a desmayarme de un momento a otro. Se acelera el ritmo de sus embestidas. El corazón bombea tan fuerte que creo que me va a dar un infarto. Su cuerpo se tensa. Noto sus espasmos dentro de mí. Una suave calidez inunda mi interior. Noto como recibo su esencia. Sus palpitaciones se confunden con las mías. Continua sin salir de mí. Siento como rellena todo mi hueco. Con su mano comienza a acariciarme mi sexo. Sus dedos saben lo que hacen. Estalló en múltiples sacudidas incontrolables. Se nubla mi vista. Me tiemblan las piernas.
            Permanecemos así un rato, el peso de su cuerpo recae sobre el mio. Por fin sale de mí. Noto una sensación de calor chorreando por mi piel. Se echa a un lado y permanecemos en el suelo mirando al techo hasta recuperar el aliento por completo. No puedo moverme. Sigo extasiada. Se gira y apoya su brazo en el suelo y deja caer su cabeza sobre su mano. Me mira. Sus ojos son más verdes de lo que recordaba. Sus hoyuelos hacen aparición con una seductora sonrisa.
            —"Tu me plais vraiment, et je pense sincèrement que tu as quelque chose de spécial" —me empieza a gustar escucharle hablar francés—. "J'espère que tout va bien".
            Me acaricia el pelo.
            —No sabía que los suizos eran tan ardientes.
            Ríe. Me encanta su risa.
            —Mi padre es italiano y mi madre española ¿Qué esperabas?
            Ahora soy yo quien rompe a reír. Cierto. Lo olvidaba. Odio poner a nadie en un compromiso pero no puedo evitarlo en esta ocasión. Le pido que prometa que no será nuestro último encuentro.

            —"C'est promis, ma chérie"


il prend ma main : toma mi mano
je suis fou de toi : estoy loco por ti
Tu me rends fou : me vuelves loco
je t'offre mon coeur : te regalo mi corazon
Je suis enflammé pour toi : Estoy en llamas por tí
Aimes-tu ça? : Te gusta esto?
J'aime tes lèvres quand ils se rougissent : Amo tus labioscuando se enrojecen
j'adore sentir ta peau: me encanta sentir tu piel
sentir la chaleur de ton corps : sentir el calor de tu cuerpo
Ton esclave t´obéit, ma reine : Tu esclavo obedece, mi reina
Tes caresses me tuent: tus caricias me matan
Tu me plais vraiment, et je pense sincèrement que tu as quelque chose de spécial : me gustas mucho y de verdad creo que tienes algo muy especial
J'espère que tout va bien : espero que todo vaya bien
C´est promis, ma chérie : Es un trato, querida









miércoles, 7 de agosto de 2013

4. Quid pro quo


                A la mañana siguiente, la casa se llenó de gente. El reclamo de una fiesta en la piscina fue suficiente para que familiares y amigos se acercaran el fin de semana. La casa se llenó de ruidos, voces y risas por todas partes. Emma esquivaba continuamente a Joan, no le podía sostener la mirada después de la noche anterior. Se sonrojaba con sólo pensar en lo que pasó en su habitación apenas unas horas antes. Él la observaba desde una esquina y cuando tuvo oportunidad se acercó a ella. Sabía que la ponía nerviosa y eso le encantaba.

—Cómo continúes actuado así todos se van a dar cuenta —le susurró. Esas palabras hicieron que le subieran más aún los colores. Sintió que su cara se encendía como una farola y estaba apunto de estallar. A Joan se le dibujó una radiante sonrisa en la cara y le cogió una de sus manos. Emma entró en pánico—.  Relájate —susurró Joan aferrándo firmemente a la mano que tenía cautiva entre las suyas.
—Por desgracia no vas a tener que evitarme mucho, sólo tengo una hora antes de irme al restaurante —dijo guiñándole un ojo—, cuando solicité el puesto sabía que tendría que renunciar a muchas de las diversiones del verano pero nunca imaginé esto. Hoy sábado hay bastante faena así que llegaré tarde.
Por un momento Emma casi se sintió ofendida ¿Una diversión? ¿Eso era para él? No se había parado a pensar en lo que suponía este idilio para ella. Pero entendía que las cosas tenían que ser así. Nunca quiso hacerse ilusiones, ni buscaba una relación ni nada parecido. Quería pasarlo bien, disfrutar del momento y dejarse llevar por todas esas pasiones que sentía estando con Joan. Observó como marchaba hacía las escaleras.

                   ¿Por qué la trastornaba tanto este individuo? No podía pensar en nada más que en él, en sus manos recorriendo su cuerpo, en sus labios tan cálidos y húmedos, su voz sugerente y sensual, esos ojos que la tenían hechizada... la dejaba con ganas de más. Siempre había reprimido sus deseos y ahora estaba fuera de control. Subió corriendo las escaleras y entró en la habitación de Joan cerrando la puerta con pestillo. Él se quedó inmóvil junto a la cama, no se esperaba de ella un arrebato así.

—He caído en la cuenta de que no te he dado las gracias por lo de anoche —dijo mientras se enganchaba a su cuello y le plantaba un beso apasionado en los labios.
—Ummmm nena, fue todo un placer, créeme —y se hundieron en un nuevo beso, más profundo, más húmedo... Emma notó como algo crecía bajo su pantalón y no dudo en abrirle la bragueta e introducir su mano. Joan la paró en seco y la miró fijamente.
—Nena, te daré un consejo que te servirá en muchas ocasiones: no empieces nada que no puedas acabar —ella sólo bajó la cabeza sosteniéndole la mirada y le sonrió insinuante.

                    Emma se arrodilló y le bajó los pantalones. Su miembro estaba ardiendo, palpitante y dispuesto para sus deseos. Era la primera vez que tenía un pene erecto delante. No quería que él notara su inexperiencia, así que usó los recursos que había recopilado de las pocas películas porno que había visto, la mayoría más por curiosidad que por morbo. Acercó sus labios a la punta del glande y con la lengua lo saboreó empapándolo con su saliva. Comenzó tímidamente a introducirlo dentro de su boca, cada vez más y a devorarlo como si de un helado se tratara. Nunca pensó que le iba a gustar tanto. La excitación que experimentaba sabiendo que ella era la única responsable de su placer, era incomparable. Se sentía poderosa, capaz de todo por complacer a ese hombre que, en ese mismo instante, tenía completamente a su merced. Poco a poco una gula incontrolada provocaba que succionara ansiosa el pene de su compañero y lo lubricaba al mismo tiempo con los movimientos acompasados de su mano. Lamía, mordisqueaba y chupaba aquel trozo de carne como si fuera lo único que le importaba. Nada existía fuera de esa habitación. Con la lengua lo recorría en toda su longitud para seguidamente introducirlo profundamente en su boca. Lo sacaba lentamente jugueteando con su legua mientras succionaba. Joan la tomó del pelo y provocó que aumentara el ritmo hasta que la separó bruscamente mientras llegaba al orgasmo. Un chorro de semen le cayó sobre la cara, pero eso no la detuvo. Volvió a lamer la punta para recoger las últimas gotas que aún fluían de un pene brillante, palpitante y aún erecto. En ese mismo momento llamaron a la puerta.

—Esto no puede quedar así, nena —le susurró Joan mientras se abrochaba los pantalones y ella se escabullía atravesando el baño hacia la habitación contigua. Estaba excitada, satisfecha y dichosa por hacer disfrutar y al mismo tiempo saber disfrutarlo. "Quid pro quo" pensó.






martes, 6 de agosto de 2013

3. El despertar



                    No sabía cómo había sucedido pero allí la tenía. Era sólo para él. La giró para quedarse pegado a su espalda y apartó la cascada de rizos de su cuello mientras besaba dulcemente el lóbulo de su oreja.
Emma sólo podía escuchar la respiración agitada de Joan y los gemidos ahogados que incontrolados salían de su propia garganta. Notaba como el hinchado bulto de su entrepierna punzaba sus nalgas como una daga. Las manos de Joan se deslizaban recorriendo su cuerpo, notando la erección de sus pezones bajo el camisón.
El joven deslizó los tirantes por sus hombros y cayó al suelo. Sus manos se depositaron en sus prietos pechos. No eran ni pequeños ni grandes, eran perfectos, su mano abarcaba de forma natural esos senos con forma de lágrimas, cuyos pezones se endurecían con su roce.
Emma que se estremecía con cada caricia, echó un brazo hacía atrás para poder acariciarle el pelo mientras él besaba su cuello. La puso frente a él, la besó de nuevo suavemente y le sujetó la cara con sus manos como si fuera tan frágil como el cristal.

—¡Oh nena! —susurró— ¿Estás segura de querer seguir?
Emma asintió con la cabeza pues no creía poder articular ni una sola palabra. Estaba temblorosa y de un momento a otro las piernas le podían fallar.
Joan se hizo cargo de su nerviosismo y la rodeó en un cálido abrazo. Una brisa cálida entraba en la habitación haciendo que se balanceara la cortina de gasa blanca haciendo una hipnótica danza. La tomó de las manos y la recostó en la cama con delicadeza. Se dedicó a tumbarse a su lado y a contemplar aquel hermoso cuerpo a la tenue luz que se colaba por el balcón abierto.
Ella le miraba con esos ojos del color de la miel, igual de dulces, igual de intensos también. Acarició la boca de Emma con sus labios, suavemente, casi sin rozarle. Continuó el recorrido por su cuello, sus hombros, sus senos, bajó hasta su ombligo y siguió deslizando sus labios por el filo de su ropa íntima mientras sus manos recorrían sus fabulosas piernas. No quería precipitarse, quería disfrutarla como lo había hecho en sus fantasías, así que continuó con las caricias, besos y cosquillas por sus muslos.
Emma sentía como el hormigueo que comenzaba en su sexo se hacía cada vez más intenso y las caricias casi le resultaban molestas. Joan, por fin comenzó a retirarle las bragas pausadamente, deslizándola por sus muslos hasta sacarla por sus pies. Era la primera vez que estaba completamente desnuda frente a un hombre.
Subió la mano por sus piernas hasta su sexo. Lo notó húmedo e hinchado y comenzó a acariciar la perla de su clítoris con la punta de su dedo, fue humedeciéndolo hasta que lo creyó suficiente y comenzó a masajearlo, al principio suavemente y poco a poco fue acelerando el ritmo. Hacía círculos por sus labios y pasaba por la abertura de su vagina. En una de esas vueltas le introdujo un poco su dedo corazón, comenzó a moverlo dentro y fuera, en cada embestida lo introducía más y más hasta llegar al final de su mano, mientras su dedo pulgar jugueteaba con su clítoris.
Emma sentía como los jugos le chorreaban por las ingles y abandonada al placer no hacía más que gemir y retorcerse de gusto mientras se aferraba con fuerza a sus hombros.
—No puedo más —exhaló Emma casi en un suspiro. Entonces Joan se separó de ella.
Se quedó mirándole a los ojos. Quería tomarse su tiempo, la tenía justo ahí, en el punto que él quería. Emma parecía interrogarle con su mirada suplicante. «Sí, eso es.» Quería que le deseara como él la había deseado desde la primera vez que la vio. Quiso decir algo pero él le puso el dedo en la boca para indicarle que no lo hiciera. Hundió su cabeza entre sus piernas y comenzó a lamer su clítoris como un niño goloso que rebaña el plato del postre con la lengua. Separó los labios de su vagina con los dedos de su mano para tener un mejor acceso y apresar el clítoris con la boca y succionar sus jugos. Su lengua se arremolinaba sobre su sexo mientras volvía a introducir su dedo arqueándolo hacia su pubis para llegar a su punto de placer.
Emma movía sus caderas cada vez más rápido  cuando quiso darse cuenta ella misma se estaba masajeando los pechos presa de su propia excitación. El ritmo de los lametones se hizo más intenso y notó como oleadas de placer inundaban todos y cada uno de los poros de su piel.
Joan percibió como Emma arqueaba su espalda explotando en una serie de espasmos y, sin dejar que su boca se despegara de sus labios íntimos, notó las precipitadas palpitaciones de su sexo y como ella se perdía en un suceder de mini orgasmos, mientras ahogaba sus gritos de placer mordiendo la almohada. Joan despegó su boca y retiró con cuidado su dedo que estaba impregnado de la esencia de ella.
Emma hizo el intento de incorporarse, pero Joan se lo impidió. No se resistió porque apenas tenía fuerza y la cabeza le seguía girando con el vaivén de las emociones vividas. Sin mediar palabra, él salió de la habitación y la dejó allí tendida, desnuda, con la boca seca y la entrepierna húmeda.


lunes, 5 de agosto de 2013

2. Miradas y más



                   2. MIRADAS Y MÁS


            Emma bajó con Celia a desayunar y se sentaron a la mesa donde estaban todos los demás. Rápidamente se percató de que faltaba Joan. No dijo nada. Por un lado prefería no tener que enfrentarse a esos ojos que la perseguían y estremecían, pero por otro lado, se moría de ganas de volver a verlo. No había podido conciliar el sueño después de ese encontronazo nocturno.
Ernest era un joven muy extrovertido y no paraba de bromear con Celia, que estaba encantada de ser el centro de atención. La mañana transcurría con total tranquilidad y Emma pudo escabullirse y encontrar un rinconcito debajo de un árbol para leer algunos de los libros que había traído consigo. Llevaba un buen rato leyendo a la sombra cuando Ernest se acercó.
—¿Molesto?
—No, para nada —dijo Emma sonriendo y Ernest se sentó junto a ella.
—No hay mucho que hacer por aquí, ¿verdad? Podemos ir a dar un paseo en mi moto si te apetece y  conocer el pueblo. No es que haya mucho que ver pero las vistas de las playas son preciosas  ¿Qué me dices, te apuntas?
—Claro, ¿por qué no? ¿Cuándo vamos?
—Ahora mismo si quieres, sólo hay que avisar de que nos marchamos y listo —dijo mientras se incorporaba y tendía la mano para ayudarla a ponerse en pie.

El recorrido en moto prometía ser divertido. Ernest tenía una moto grande, una Yamaha de color blanco, rojo y negro. La tenía como oro en paño, era su niña bonita y motivo de orgullo. Prestó un casco a Emma y emprendieron su marcha ante la decepción de la pequeña Celia de no poder ir con ellos.
Ernest llevó a Emma por las calles del pueblo, que eran muy estrechas y empinadas pero preciosas. Pudo sacar algunas fotografías de los lugares más emblemáticos y realmente estaba disfrutando del paseo.
Llegando a una pequeña plaza se percibía un olor a comida irresistible.
—¿Tienes hambre? A mí el paseo me ha abierto el apetito. Aquí hacen unas de las mejores pizzas de la zona.
—Nos estarán esperando para comer.
—No te preocupes, hacemos una llamada y avisamos.
—No sé qué decirte, Ernest. Apenas llegamos ayer y no quiero que se molesten.
—Tonterías, lo entienden seguro. No pasa nada, ahora mismo llamo.

Después de disculparse por no ir a comer, Ernest y Emma entraron al pequeño restaurante con horno de leña, donde hacían las «mejores pizzas del mundo» según su chef, Andrea, un italiano del sur de Nápoles muy simpático que no paraba de cantar mientras cocinaba.
Tras su pintoresca comida, pasearon un poco más por las calles del barrio. La brisa del mar refrescaba mucho el ambiente y a la sombra se estaba realmente bien así que en una cafetería frente al mar tomaron un helado en la terraza. La tarde estaba siendo muy amena pero aun así tenía la visión de aquellos ojos grises metida en sus pensamientos todo el tiempo. Un escalofrío le recorría el cuerpo ante el recuerdo de las sensaciones vividas la noche anterior.
 Por suerte para ella Ernest hablaba y hablaba sin parar distrayendo su mente y haciendo que la conversación fuera fluida. Se contaron muchas cosas y enseguida congeniaron muy bien porque con él era imposible que hubiera silencios incómodos. Al terminar sus helados ya sabían lo suficiente el uno del otro para considerarse algo más que conocidos.
Se alejaron de allí en la moto y circularon por un camino un poco más angosto que llegaba a una cala preciosa. Se apearon del vehículo y Emma comenzó a hacer fotografías. Se enamoró de aquella cala solitaria al instante. Descendieron por las rocas y se sentaron en la playa donde, entre risas y bromas, vieron como el sol se escondía tras el horizonte.

Ya de vuelta a la masía el pensamiento de Emma se centró de nuevo en Joan. No había podido quitárselo de la cabeza pese al día tan bonito que había pasado junto a Ernest. Aquellas intensas y nuevas sensaciones vividas la otra noche en el balcón habían sido demasiado fuertes para ignorarlas. Ansiaba encontrarse su mirada penetrante espiando cada uno de sus movimientos pero la decepción fue grande al comprobar que Joan no estaba con los demás en el salón. No se atrevía a preguntar y entonces Ernest lo hizo por ella.
—¿Y mi hermano? ¿Por dónde anda? Ya habrá vuelto, ¿no es así? —dijo dirigiéndose a su madre.
—Sí, está arriba. Por cierto felicítalo porque le han dado el trabajo.
—¡Ah, vale! Estupendo —Ernest marchó escaleras arriba en busca de Joan.
—Y vosotros, ¿qué tal lo habéis pasado? —dijo Mercè mirando a Emma.
—Muy bien. He hecho unas fotos preciosas y hemos comido de maravilla en una pequeña trattoria. Ernest ha sido un estupendo guía.
—Pues espero que tengáis apetito porque ya estamos preparando una magnífica cena.
—Mercè… —interrumpió Emma disimulando interés— ¿Qué trabajo ha conseguido Joan?
La mujer le contó que su hijo era una persona de gran confianza en sí mismo y que todo lo que se proponía lo conseguía. Por lo visto, Joan había solicitado un puesto en un afamado restaurante de la zona para hacer prácticas durante el verano. La entrevista había sido esa mañana y había conseguido el puesto. Mercè hablaba de Joan con gran admiración y cariño, a fin de cuenta, seguía siendo su pequeño. Desde muy niño ya había demostrado su vocación por la cocina y, en vez de reprimirlo y obligarlo a estudiar una carrera como a su hermano, había apostado por el don que parecía tener para esta profesión. Por lo visto el trabajo era de camarero pero la decisión, el carácter del joven, y la seguridad que mostraba dejó impresionado al entrevistador, tanto que decidió darle un puesto en la cocina como ayudante en prácticas.
Emma quedó impresionada por alguien que, siendo casi de su misma edad, tenía las cosas tan claras y una meta que alcanzar mientras ella ni siquiera podía decidirse por que ponerse al día siguiente.

Al igual que la noche anterior cenaron todos juntos y Joan apenas cruzó palabra con ella. Aparentemente tampoco hubo miradas como la noche anterior, más bien todo lo contrario, parecía esquivarla y eso le ponía de los nervios. Cuando Ernest y ella comenzaron a hablar de la excursión en moto, Emma pudo observar un atisbo de enfado en él, pero no lo conocía lo suficiente como para afirmarlo. Estaba claro que no le caía demasiado bien a ese joven y ella tendría que aceptarlo. Al menos le consoló ver lo incómodo que se sintió él cuando ella lo pilló en un par de ocasiones observarla desde la distancia.

Como hicieron la otra noche, Celia y ella subieron a sus habitaciones. La pequeña se moría de ganas por saber más detalles de lo que habían estado haciendo Emma y Ernest durante su salida en moto y tras una hora de cotilleo, por fin Emma pudo marchar a su habitación a descansar.
Al día siguiente hicieron una barbacoa y pasaron todo el tiempo en el exterior, pasando el rato en la piscina. Ernest, Celia y ella rieron de lo lindo con los juegos y bromas que el joven les hacía a las chicas ante la seria mirada de su hermano pequeño que prefería observar desde la distancia.
Mercè le tuvo que obligar a posar para una foto de ambas familias al completo sentadas a la mesa del porche con los «majares» que sus padres habían preparado en la barbacoa.
La tarde llegó, y Emma seguía sin tener ni una sola palabra por parte de Joan, sólo obtenía de él miradas y más miradas. Eso la incomodaba, se sentía como si la estuviera juzgando, cada palabra o cada acto que hacía ahí estaba él con su indescifrable mirada «¿Eran acaso miradas de desprecio, de superioridad o qué?» Se estaba hartando de la situación y las vacaciones no habían hecho más que empezar.

Los días transcurrieron rápidamente con salidas a la playa, excursiones y turismo en familia. Emma pudo hacer muchas fotografías de todos, incluso de Joan cuando no él no la podía ver. Extrañamente la atracción por aquel chico tan misterioso iba en aumento y no se explicaba el porqué.
La cosa no cambió mucho durante ese tiempo y seguían los encontronazos  silenciosos con Joan, aunque ya había aprendido a ignorarlos. No iba a permitir que nada le impidiera disfrutar de estas vacaciones. Hacía mucho que no veía a sus padres divertirse de aquella manera y no quería aguarles las vacaciones con caras largas.
            Ernest comenzaba un curso de verano en la Universidad y sólo volvía los fines de semana, así que en la masía reinaba la calma, y Emma apenas se cruzaba con Joan, que había comenzado con su nuevo trabajo. Se iba a media mañana y luego no volvía hasta bien entrada la noche para su tranquilidad. Las pocas ocasiones en las que coincidían hablaban lo imprescindible, pero continuaban aquellas miradas incómodas. Emma no podía evitar sentir escalofríos recorriendo su espalda cuando sorprendía aquellos ojos grises observando sus movimientos.

Una madrugada, Emma despertó con sed y tomó el vaso de agua que había puesto en la mesilla al acostarse. Estaba caliente y decidió bajar y llenarlo con agua fresca de la nevera.

—¿Me das a mi otro? —Joan la sorprendió cuando llegaba a casa después del trabajo.
Emma, que estaba bebiendo en ese momento, con el sobresalto, derramó el agua sobre su pecho, dejando transparentar sus pezones.
—Perdona no quería asustarte —dijo Joan susurrando mientras se dirigía a la nevera y llenaba otro vaso para él. Estaba haciendo un esfuerzo enorme para no dirigir la mirada a los pechos de Emma.
—No te he oído llegar —dijo ella mientras avergonzada intentaba secarse con servilletas el camisón separándolo de su cuerpo.
Joan terminó el vaso de agua de un trago y fijo sus ojos en ella. La veía tan deseable, tan al alcance que casi se deja llevar y se abalanza sobre ella, que es lo que había querido hacer desde que la sorprendió en el balcón. Se dio media vuelta para sacar esa idea de su cabeza y entonces ella no aguantó más y le increpó.
—¿Qué pasa contigo? ¿De qué vas?
Joan, sorprendido, se giró y quedó frente a ella que tenía la cara encendida y no sabía si era de vergüenza, de rabia o quizá una mezcla de las dos cosas.
—No me diriges la palabra en todo este tiempo y en cambio siempre que levanto la vista estás ahí observándome ­­­­­­­­­­­­­­­­­­—se atrevió a reprocharle ella.
—No quería que te sintieras incomoda, perdóname si ha sido así. No ha sido mi intención —esa respuesta molestó más a Emma.
—Y una mierda, siempre andas mirándome como perdonándome la vida ¿Acaso te crees mejor que yo? ¿Piensas que puedes mirarme por encima del hombro y quedarte tan ancho?
—De verdad que no me he dado cuenta, disculpa —mintió
—¿Ya está? ¿Un disculpa? ¿Eso es todo? —dijo Emma visiblemente indignada. El rubor de sus mejillas la hacía aún más provocadora.
Entonces Joan no pudo reprimirse más, ya lo había hecho durante demasiado tiempo. El cansancio y las ganas que tenía de ella le hicieron lanzarse sobre ella sin pensarlo y la agarró de las caderas empujándola contra la nevera desembocando toda aquella tensión en un desesperado beso.
Emma no tuvo tiempo de reaccionar. La mezcla, al mismo tiempo, de pasión incontrolada y dulzura en aquellos labios la dejo sin aliento y sin voluntad. No supo cuánto duró aquella ardiente necesidad de ser devorada pero notó como su propia lengua se entrelazaba con la de él. La humedad del beso ya no sólo estaba en su boca. Toda su piel reclamaba ese mojado ósculo, pero cuando más entregada estaba, Joan separó sus labios de los suyos y le acarició la mejilla con el dorso de su mano.
—Esto no está bien. Dejémoslo aquí.
La dejó temblando, con las servilletas aún en la mano y conteniendo el aliento. Tuvo que esperar un rato hasta recuperarse del todo.
Joan se derrumbaba instantes después tras la puerta de su habitación con el sabor de ella todavía en su boca. No había podido controlar tanto deseo… no podía, nunca antes había sentido nada igual.

Emma pasó toda la noche en vela, era incapaz de apagar aquel fuego que había despertado aquel furtivo beso. Se derretía con sólo pensar en aquellos labios que le había trasportado a todo un nuevo mundo de sensaciones. No era la primera vez que le besaban, pero sentía que era la primera vez que la  besaban de verdad, no había sido una simple unión de labios, era mucho más profundo que eso. Aquel chico callado, y tan misterioso se había convertido en el primer hombre que había despertado sus anhelos de mujer. No había vuelta a atrás, su cuerpo deseaba ser explorado y devorado por el dueño de aquellos grises ojos que se habían clavado en su mente y nublaban su control.

Pasó el resto del día obsesionada con aquel encuentro y aquellas palabras que le oyó pronunciar… «Dejémoslo aquí». No, no estaba dispuesta a renunciar a todas las nuevas sensaciones que se expandía ante ella. Tenía que volver a sentir aquel fuego abrasador que la había atravesado la piel la otra noche.
            Estaba en su cama, con los ojos abiertos y sus sentidos alerta. En cuanto oyó el sonido del  motor de un coche acercándose salió sigilosa de su habitación, deseosa de un nuevo encuentro como el que tuvieron.
            Joan quedó petrificado cuando al abrir la puerta se encontró con aquellos ojos miel que brillaban más que las estrellas que había fuera y que lucían sobre la masía. Cerró sus ojos unos instantes por si su mente le estaba jugando una mala pasada, había estado obsesionado con ella todo el día, pero al abrirlos ella seguía allí. ¿Estaría esperándole?

—No quiero dejarlo aquí —dijo Emma en apenas un susurro.
Joan en aquellos momentos tuvo que contenerse una vez más para no volver a apresarla de nuevo entre sus brazos y besarla hasta gastar esos suculentos labios. Sabía de sobra a qué se refería ella pero también sabía que estaba jugando con fuego.
—Lo de la otra noche fue un error, no puede repetirse. Vuelve a tu cama y olvida que ha pasado —dijo Joan reprimiendo todo impulso a sabiendas de que su voluntad cada segundo que pasaba ante aquella mirada de miel más debilitada estaba su voluntad y se encaminó hasta las escaleras con premura antes de arrepentirse y tomarla allí mismo. 
Emma se interpuso y esta vez fue ella quien se acercó con un movimiento ágil y veloz hasta su boca y depositó un suave beso que le supo a poco.
Joan hizo acopio del poco control que le quedaba y subió las escaleras sin decir nada, con la dulce humedad de sus labios en los suyos y muy a su pesar, la dejó allí abajo, en la oscuridad de la noche, engañándose a sí mismo esperando que se enterrara aquella pasión en lo más recóndito de su ser. Estaba completamente dividido entre el deseo que sentía por ella y el miedo a corromper aquella dulce inocencia que siempre desprendía en todo lo que hacía o decía. Cerró la puerta de su dormitorio y tal y como hizo la noche anterior se dejó caer sobre ella. Todo estaba confuso en su cabeza.
Entonces oyó acercarse pasos de Emma por el pasillo hasta la puerta que estaba frente a la suya, la del dormitorio de aquella joven que había perturbado tanto su vida en apenas unos días. No pudo refrenarse más y se dejó llevar por el impulso de ir a por ella y antes de que pudiera cerrar la puerta, se adelantó y se coló dentro ante la sorpresa de ella. Sin dejar que dijera nada calló su boca con un beso, ahora más pausado que el de momentos anteriores y se recreó en sus labios rojos. Sus manos, sin pedir permiso ni atendiendo a ninguna represión, se paseaban por todo el contorno de ese bello torso, llegando a rozar esos senos tan firmes y apetecibles.
Estaba tan metido de lleno en la labor de saborear esa boca provocadora, que no se percató de que ella también estaba entregada a aquel pasional beso, a aquel instante que tanto había estado deseando desde el mismo momento en que puso sus ojos en ella.


1. Todo tiene un principio




           

1. TODO TIENE UN PRINCIPIO




—¿Falta mucho?
La voz de Celia sacó a Emma de sus pensamientos mientras miraba el paisaje a través de la ventanilla del coche. Tan ansiosa como su hermana por llegar a su destino volvió la cara hasta su madre esperando respuesta.
Marta interrumpía la animada conversación con su amiga Mercè y se giraba para contestar a su hija.
—No peque, estamos cerca. Ya falta poquito.
Celia se recostó sobre el hombro de su hermana refunfuñando porque su madre le había contestado lo mismo que hacía un rato.

Para Emma el verano se presentaba como siempre, sólo que esta vez tenía que ir con la familia a visitar unos viejos amigos de sus padres. Desde que tuvo edad suficiente para escapar de las vacaciones familiares, siempre había encontrado un pretexto para quedarse esa semana de verano con alguna amiga o disfrutar de al menos de un fin de semana de soledad en su casa para hacer lo que se le antojara. Se había ganado la confianza de sus progenitores a base de ser una chica responsable y sensata. Esta vez las vacaciones de la familia se alargarían un mes y sus padres, Pablo y Marta, no estaban dispuestos a dejarla sola tanto tiempo.

Durante el vuelo sólo había estado pensando en la vuelta. Rezaba para que estas vacaciones pasaran pronto y poder volver a estar con sus amigas y disfrutar de lo que quedara de verano a su vuelta. Su hermana Celia, casi cuatro años menor que ella, estaba ilusionadísima porque esta vez, su hermana mayor, a la que imitaba en todo, estaría todas las vacaciones con ella.

A la llegada al aeropuerto del Prat, los amigos de sus padres, Mercè y Eduard, los estaban esperando. Se abrazaron emocionados, las mujeres hablaban de la última vez que se vieron, por aquel entonces Mercè estaba embarazada de su primer hijo y desde aquello sus vidas habían cambiado muchísimo. Hacía tanto tiempo que no se veían y tenían tantas cosas que contarse que no pararon de hablar hasta que llegaron al coche que habían alquilado, un Citroën plateado de 6 plazas. La idea era pasar todos juntos las vacaciones en una masía de los padres de Eduard. La habían reformado y modernizado pero conservando todo su encanto. Durante el trayecto hablaron de sus hijos, Ernest, estudiante de Psicología de veintidós años y Joan, de diecinueve que cursaba hostelería. Los chicos ya estaban en la masía esperándonos.

El viaje en coche ya la estaba fatigando. Celia se había quedado dormida sobre su hombro y ni siquiera las carcajadas que a veces soltaban los cuatro amigos la despertaban.
Emma llevaba su ensortijado pelo castaño en un improvisado moño despeinado y jugaba con uno de sus rizos presa del aburrimiento. Unas mallas, una camiseta amplia y una mochila le pareció lo más cómodo para viajar, a pesar de los insistentes comentarios de su madre de que se arreglara un poco más porque «una cosa es ir cómoda y otra desaliñada», y ahora se alegraba de no haberle hecho caso porque el trayecto se le estaba haciendo eterno.
Por fin, el coche se detuvo frente una reja negra rodeada de viñedos que daba paso a un camino de piedras blancas. Pablo bajó del coche para abrirla y que pudieran pasar. Emma despertó suavemente a Celia.
—Ya hemos llegado, peque.
—No me llames peque que ya tengo trece años —dijo somnolienta y Emma sonrió porque, aunque se daba cuenta de que su hermanita se hacía mayor, ella siempre la vería como aquella pequeña personita que la seguía a todas partes y que se empeñaba en imitarla en todo.
Al bajar del coche dos jóvenes se acercaron a saludar y para ayudar con las maletas. Ernest era el más alto, delgado pero fibroso, tenía un gracioso mechón de pelo castaño que le caía sobre la frente haciendo resaltar sus enormes ojos marrones. No paraba de sonreír. Joan en cambio era un poco más bajito que su hermano y más grueso. El pelo lo tenía corto y del mismo color que su hermano pero sus ojos eran grises como los de su madre. Ernest era el más atractivo a primera vista pero Joan tenía algo que hacía que te fijaras en él. Quizá su actitud, tan seguro, tan serio...
Los chicos ayudaron a acomodar a la familia en sus habitaciones. Para sorpresa de Emma disponía de habitación propia. Se había hecho a la idea de tener que compartir dormitorio con su hermana y la sorpresa de tener un espacio propio le fue francamente grata. La habitación no era demasiado grande pero sí lo suficiente para tener una cama doble y un balcón por donde se colaba una agradable brisa. Había una puerta que daba paso a un baño compartido con la habitación continua, la de Celia, pero tenía pestillo tanto por dentro como por fuera para preservar la privacidad de ambas habitaciones.
La casa le pareció enorme. Constaba de planta baja, donde se encontraban una enorme cocina, un baño completo y un aseo, un pequeño estudio y una enorme sala con chimenea que era comedor y salón al mismo tiempo, que daba a un hermoso porche y a la piscina. La planta primera tenía cuatro habitaciones y dos baños, y el ático contaba con dos habitaciones en suite. Definitivamente aquella reforma en la antigua masía había sido todo un acierto.

Tras una suculenta comida y pasar un rato reunidos escuchando viejas anécdotas del pasado de los cuatro amigos, tocaba tomar una siesta. La calma se apoderó de nuevo de la masía y no se oía nada más que el murmullo de los árboles y los pájaros. Emma, pese al largo viaje, no estaba tan cansada y tras dar varias vueltas en la cama intentando dormir, decidió olvidarse de la siesta y darse un baño refrescante en la piscina.
Bajo con sigilo las escaleras que daban al salón y atravesó el porche para llegar a la piscina. Se despojó de su camiseta blanca con estampado de flores y se sentó en el borde para mojarse los pies.

Joan la había observado todo el tiempo desde uno de los balcones de la primera planta. La había estudiado bien durante la comida, no podía quitarle ojo.
—¿Qué haces Joan? —le sorprendió Ernest, buscando con la vista lo que su hermano observaba con tanta atención.
—Nada, sólo tomando el aire.
—Ya, ya... ¿Es guapa, verdad? —dijo mientras se buscaba un hueco junto a Joan.
—¿Quién?
—¿Quién? ¿Cómo que quién? ¿Estás embobado mirándola y me preguntas qué quién? Joder, está buenísima. Y no me digas que no te has fijado. No le has quitado el ojo desde que la viste.
Joan no dijo nada y volvió a la habitación. Ernest lo siguió y se sentó en la cama mientras observaba divertido a su hermano. Cuando éste le devolvió la mirada le guiñó un ojo y esto molestó aún más a Joan.
—No te metas con ella Ernest, es demasiado joven...
            —Nada, nada...no sigas por ahí, tío. Además nunca se puede pedir a los ojos que dejen de ser golosos —y volvió a hacer un guiño a su hermano.

Emma y su hermana pasaron toda la tarde la en la piscina, con los dos matrimonios, que seguían poniéndose al día de sus vidas. Ernest se unió a ellos más tarde y pasó el rato jugando con la pequeña Celia y hablando con Emma. La noche estaba cayendo en la masía así que dispusieron la mesa y se sentaron a disfrutar la cena.
Por fin se reunió con ellos Joan y se sentó justo enfrente de Emma, no decía ni media palabra. A ella le parecía un chico muy raro, demasiado callado. El mayor de los hermanos estaba sentado junto a ella y conversaban como si la conociera de toda la vida. Conforme avanzaba la cena se sentía más incómoda con las miradas que Joan le lanzaba porque el joven la escuchaba con atención pero no intervenía en la conversación para nada pese a sus intentos de incluirle en ella.
Al finalizar la cena, los dos matrimonios seguían en el porche disfrutando de la calurosa noche entre copas y recuerdos de cuando se conocieron, así que las chicas se retiraron a sus habitaciones y más tarde los chicos hicieron lo mismo.

Emma estuvo en la habitación de Celia un rato charlando con la pequeña que no paraba de hablar de lo simpático que le resultaba el mayor de los hermanos.
—¿A qué es guapísimo Ernest? Yo creo que es el chico más guapo que he conocido en mi vida. Seguro que tiene un montón de novias.
—Celia, eres muy pequeña para andar diciendo esas cosas.
—Pero es la verdad, es súper guapo, ¿verdad que sí?
—Celia... ya basta —dijo Emma riéndose de las ocurrencias de su hermana.
—Venga Emma, reconócelo... es ideal. Si yo fuera un poco más mayor le pediría que fuera mi novio, eso seguro.
Emma no pudo reprimir la risa al oír a Celia habar así de Ernest. Esperaba que estas charlas sobre chicos llegaran un poco más adelante.
—Sí Celia, es muy guapo... y ahora a dormir, que ya es muy tarde y ha sido un día muy largo.
—Em, quédate un ratito más, porfi.
Emma se quedó hablando y distrayendo a su hermana hasta que por fin, la pequeña quedó vencida por el sueño. Atravesó el baño y llegó a su habitación. Habían decidido no echar el pestillo por si alguna (o sea Celia) necesitaba a la otra en la noche.

El calor había remitido un poco pero aun así le resultaba imposible coger el sueño. Emma se asomó al balcón para tomar el fresco. Seguía intrigada ¿Por qué aquel chico no cruzaba palabra con ella? ¿Le resultaba tan poco interesante que ni siquiera se molestaba en conocerla? Su hermano en cambio no había parado de preguntarle por sus estudios, sus intereses... incluso por si tenía novio. Era muy fácil hablar con Ernest, pero Joan... ¿por qué no podía parar de pensar en él?
Entonces sus ojos castaños se encontraron con unos ojos grises que la paralizó. Sintió como quedaba clavada en el suelo y un fuego interno recorría su cuerpo desde los talones hasta la punta de sus cabellos, como si un estallido invisible se hubiera generado bajo sus pies. Notó como sus mejillas se incendiaban y sus piernas temblaban sin más razón aparente que unos ojos que se clavaban en los suyos y le llegaban a arañar el alma. Cuando recobró las fuerzas y la conciencia aparto la mirada y huyó a refugiarse al interior de su habitación ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? Se recostó porque aún le fallaban las piernas y estuvo largo rato si poder cerrar los párpados, porque la visión de los ojos de Joan volvía una y otra vez agitándole de nuevo la respiración.

Joan seguía en el balcón ¿Lo había soñado? ¿Sería una visión? Su pelo ondulado balanceándose al viento, aquel camisón blanco con diminutos tirantes que se anudaban con una lazada en sus afilados hombros, esos senos desafiantes sinuosos, esas piernas infinitas y bronceadas, aquellos ojos que destilaban dulzura e ingenuidad... Ardía en deseos de arrancarle la ropa y contemplarla en su plenitud. Aquella noche tuvo que consolarse en la soledad de su dormitorio echando mano a sus pensamientos y anhelos más obscenos.